jueves, 23 de marzo de 2017

Observación al atardecer



 Piano en la calle (foto del autor)




A la caída del sol y con las calles adentrándose en la penumbra, apareció ella como una luna plateada resplandeciente aunque más bien hubiera que decir una estrella rosada o una aurora boreal, por los reflejos eléctricos de sus cabellos entre rosas y verdosos, un color difícil de describir pero de un inmediato impacto visual en las horas bajas de la luz diurna.

Todo esto ocurría mientras observaba desde un balcón bien alto, donde aún las cacatúas no se habían enterado de que era su hora de retiro a las palmeras vecinas.

Hora esperada por los mosquitos, para hacer sus incursiones buscando el flanco débil de mis jugosos tobillos, mientras me muevo entre plantas a las que les doy su ración justa de agua calcárea clorada a precio de oro negro.

Viendo el brillo de sus cabellos acariciados por la brisa vespertina, corrí a buscar las gafas de sol guardadas prematuramente esperando el nuevo día aun por llegar.

Cómo un espécimen de ese calibre, salía a esas horas que aun estaban los niños de recogimiento tras sus tareas y deportes extraescolares, actividades pagadas con gusto por padres y abuelos con ganas de merecer unas horas extras de descanso familiar. Era lo que llamo mi atención.

El Carnaval hacía bien poco que había acabado y ya olían los buñuelos de cuaresma en todos los hornos y pastelerías de buen gobierno.

Así que me limite a observar sus nada delicados movimientos, viendo a las claras que no tenía costumbre de ir encumbrada en esas plataformas con exigencia de escalera para ser abordadas.

Tras esos traspiés en los que le ponía más tablas que apoyos, se dirigía, cruzando la plaza, hacia la parada de autobús, donde unas señoras de buen ver, se las podía distinguir como boyas señalizadoras en el mar de la indiferencia, esperaban pacientemente, ese bus chiquito en el que cabe poca gente y se enfila por las calles retorcidas de lo qué en tiempos fue un pequeño pueblo de menestrales.

Ella, pelo imposible de definir, observada por todas e incluso  todos los que se le cruzaban, optó por no subir al bus y desandar hacia otro lado de la plaza, donde estaban las líneas que comunicaban con el centro o casco antiguo de la gran ciudad.

Un velo de decepción se interpuso en las miradas de los pasajeros del micro bus, que partía sin ella, quedándose con las ganas de averiguar algo curioso al tenerla a bordo.

Visto que iba en plan campaña de guerra o a la búsqueda y captura de algo o alguien, me quede pensativo, al quedarme sin saber nada más d ella, a medida que el autobús se perdía calle abajo, hasta ser ocultado por los frondosos plataneros.

Tendría que imaginar un final, para la posible historia que esta observación de un cruce por una plaza, podía dar de sí.

Quizás una nube de espeso humo negro, tras la explosión en un bus urbano.
O quizás un cruce de miradas, con bajada en una misma parada y una noche de pasión desenfrenada.

O un desmayo tras un frenazo fortuito, con ella por el suelo y una pérdida de memoria posterior.

O quizás es una amante del piano y quiere escuchar uno de esas audiciones libres que se reparten por la ciudad, para promocionar un concurso de piano.
No sé, tendré que pensarlo,


Sarrià, 23 Marzo 2017.


miércoles, 15 de marzo de 2017

Un amanecer espera



 
Foto colección del autor

Para una 

Persona Resiliente
Optima Zagala
Amiga Cálida


Lentamente clarea un nuevo día,
a cada noche le sucede un alba,
por oscura y tenebrosa que sea,
la luz aparece, nos sonríe, siempre,
para trazar nuevos planes de futuro.

Incluso en momentos de grandes dudas,
un gran desfallecimiento emocional,
de ese supuesto naufragio interno,
este disco nos orienta e indica
ese horizonte al cual asomarse.

Veremos alegres un gran amanecer
con una nueva propuesta encendida,
pues en soñar y cumplir todos los sueños
hemos de poner todos nuestros empeños.
sin que se conviertan en volátil humo.

Y esperando esa buena novedad,
que te libere de toda la angustia,
estaremos los leales suspirando,
una nueva aurora resplandeciente
ha de alegrarte futuras jornadas.


Barcelona, 15 Marzo 2017.

lunes, 13 de marzo de 2017

Cuento postnavideño





         Local abarrotado (foto de BcnRestaurantes)


Cuento postnavideño

Ponga un pobre en su mesa


Al salir de trabajar, tuvo la suerte de que un compañero se ofreciera a llevarla en coche. Eso le hizo ganar un tiempo precioso, que dio como resultado esta linda historia.

Nuestra heroína, mujer de buena semblanza y mejor corazón, trabajaba en eso de la sanidad pública, con lo que veía a diario, lo que se ha dado en llamar, miserias humanas.

Despedida de su acompañante, tras dejarla en el centro urbano, gozaba contemplando los escaparates, mientras andaba por la calle más pronto de lo habitual,  bien iluminados de las tiendas abiertas.

En condiciones normales, pasearía por calles donde el cierre ya estaba echado y el personal corría apresurado hacia sus casas, acuciados por el hambre.

En esto pasó por una oficina expendedora de la Lotería Nacional. Se le encendió la bombilla interna, avisando de tener en el bolso números del Gordo de Navidad por cotejar.

¡Ah  sí! Ya se sabe qué nunca toca nada, pero hay que mirarlo.

Entró decidida, asombrada de hacer cola, pues a las únicas tiendas que solía ir, eran esas regentadas por pakis, en las que no hay nadie y la única espera es por si aun no ha acabado la partida del solitario, el cobrador del súper.

En esto ante el mostrador, con sus números en la mano, fruto de diversas aportaciones, piensa en: ¿Si por una vez no le podría tocar algo? Ni que fuera un reintegro de esos, que en Navidad hay tantos.

Su sorpresa es mayúscula, cuando la amable señorita parapetada tras el cristal antibalas, le comunica por el altavoz, para que se oiga bien por todo el  local:

-        -- Suerte que se ha pasado por aquí hoy. Este estaba a punto de caducar y      tiene premio.
-       - ¡Ah! Pues no lo sabía.
-       - Pues sí, son tropecientos euros. ¡No está mal eh!
-        -¡Caramba! ¡Qué buena sorpresa!
-       - Aquí tiene.
-        -¡Muchas gracias!

Cogiendo los billetes nuevos y relucientes, piensa mientras los guarda en el billetero, en que puede hacer con esa paga extra.

En realidad, en casa no me falta de nada y tiempo para irme por ahí no tengo. Reflexiona para sí.

En esto ve, al pie de la escalera que baja al metro, un hombre mayor, de esos con pelo cano, barba y cabellos mal cuidados, con ropas desgastadas, pero que aun conservan la antigua dignidad de lo bien hecho, ofreciendo unos papelitos, a los que entran y salen de la estación, sin hacerle mucho caso.

 Le llama la atención y se acerca con curiosidad reporteril, el hombre le sonríe y ofrece un papel, en el está escrito un tierno poema, pasado de moda,  lleno de ripios y palabras edulcoradas.

-        - ¿Cuánto pide por esto?
-       -  La voluntad Srta.
-        - Póngase gafas, qué no me ha visto bien.
-        - Sí, la veo muy bien y muy bonita.
-        - Que zalamero es usted.
-        - De verdad qué está muy guapa, demasiado para ser una señora.
-        - ¿Cómo he de tomarme eso?
-        - Por el lado bueno, como todo en la vida.
-        - Eso es fácil de decir, pero viniendo de usted, me sorprende un poco.
-        - No me puedo quejar, los hay que están peor que yo, al menos no duermo en la calle.

Entonces se le encendió una lucecita interior; lo invitaría a cenar, una cena de esas que tenía pinta de no poder probar en toda su vida, tenía dinero suficiente y le apetecía indagar un poco.

-        Le propongo que me acompañe, quiero cenar por aquí y no me apetece hacerlo sola.

-        Será un placer, no puedo negarme a ninguna de las dos cosas, poder acompañarla y cenar con usted.

Se encaminaron por el paseo, desde donde estaba la estación, cómo dirigiéndose hacia la parte alta de la ciudad, donde el sol empezaba a ponerse tras las montañas.

Al  ser relativamente pronto, las terrazas del paseo, estaban atestadas de turistas hambrientos captados por  camareros voceando las excelencias, de cada uno de sus locales respectivos.

El público nacional se reservaba para más tarde. Algunos como ella, estaban acostumbrados a cenar a altas horas de la noche, después de una larga y extenuante jornada, tras unos desplazamientos, la mayoría de las veces, en caso de ser en los flamantes transportes públicos, totalmente aventureros, al no saber que sorpresa les depararía la ruta, ni el tiempo para disfrutar de ella.

Así qué a sus indicaciones, ella se dejó llevar, por el simpático vagabundo, rambla arriba.

Mientras caminaba a su lado, donde le iba explicando las curiosidades de los edificios modernistas que engalanaban tan bello paseo, se lo miraba con curiosidad.

No era el tipo clásico de hombre de la calle, sus raídas ropas y sus cabellos mal cortados, estaban limpios, su sonrisa era noble y por lo que decía, hasta parecía una persona culta.

A pesar de sus intentos, nunca entró en hablar de cosas personales, no soltando prenda, de el por qué estaba en esa situación, vendiendo poemas en la calle, como forma de percibir propinas, que no limosnas, eso sí se lo dejó muy claro.

Caminaban juntos pero manteniendo las distancias, él se reía de los locales repletos y de la invasión foránea que sufría la ciudad, además los turistas no le compraban ningún poema.

Nuestra heroína se mantenía atenta a sus explicaciones, acostumbrada por su trabajo a escuchar a todo tipo de personas de cualquier condición y trabajo o estado social no se le hacía extraño pasear a su lado.

Ella le propuso un lugar que se hallaba relativamente cerca, casi al final del paseo, pero que era más de cocina local, platillos y tapas básicamente, normalmente atestado de gente joven o de costumbres juveniles.

Él acepto de inmediato la propuesta, llevaba varios días sin tomar nada caliente, la luz y el gas estaban muy caros, y se limitaba a tomar ensaladas o legumbres, con sardinas o atún en lata.

El sólo hecho de la propuesta, ya le hizo salivar, como el efecto Pavlov puso de manifiesto en su momento.

Llegados al lugar,  un buen grupo de gente se mantenía a la puerta, apurando los cigarrillos. Ellos se deslizaron escaleras abajo, el local era un semisótano, donde un atento camarero enseguida les dirigió hacia una de las antiguas mesas de mármol, abarrotada de platos, de donde se acababa de levantar una pareja  de chicas cogidas de la mano, de unos taburetes estilo thonet.

Una vez limpiada la mesa con total prontitud, instalados ante ella, observando una carta, ante la cual los ojos de él, empezaban a marearse ante tanta belleza conceptual, ella le recomendaba lo más señalado de la cocina, por su conocimiento en estancias previas.

En la espera, él contemplaba el local abarrotado de todo tipo de gente, con sus paredes colgadas de historia en forma de viejos anuncios cerveceros, cuadros de dudoso gusto y carteles de turismo pasados de moda. Con unos estantes saturados de botellas de todo tipo de buenos vinos y conservas.

A medida que fueron trayendo la comanda, los ojo de él entraban en un estado de emoción, sólo comparable al hecho de ver a un recién nacido en la maternidad.

Ella más puesta en su papel de anfitriona, sonreía al verlo con tanta impaciencia por probarlo todo de inmediato y a la vez.

Croquetas de "escudella", huevos estrellados con jamón ibérico, ensaladilla rusa, pulpo a "feira", alcachofas rebozadas, chocos a la andaluza, pescadito frito, queso manchego…Todo acompañado de unas buenas jarras de fresca cerveza.

Los ojos alegres por ver aquella generosidad alimenticia, se giraban hacia su amable y fortuita compañera de mesa, mostrando toda la gratitud posible, sin dejar de saborear y dar cuenta de todo lo ofrecido.

Ella se limitaba a picotear, cual pájaro ciudadano pendiente le pillen en falso, contemplando con una amplia sonrisa, el desespero de aquel hombre por comer sin ser mal educado.

Cuando ahíto de comer, se relajó un poco, se dedicó a complacer a su anfitriona, contándole las mil anécdotas de su prolongada vida.



Sarrià, 10 Marzo 2017.

miércoles, 8 de marzo de 2017

VOYEUR


Oleo de Amedeo Modigliani (1918)




Cae la noche sobre la ciudad, las teles se apagan a la vez que muchas luces que asomaban por las ventanas.

Una tranquilidad impuesta se adueña de las viviendas, pero no en todas, hay los insomnes que siguen viendo la pantalla multicolor, escuchando el susurrar de los locutores nocturnos, o los suspiros que se cuelan por debajo de las puertas.

Estudiantes enfrascados en memorizar cantidades ingentes de materias académicas, amas de casa sin límite de jornada, y pluriempleados cuadrando contabilidades de partidos ajenos a la responsabilidad de “Hacienda somos todos”.

Una pareja, una de tantas, entre paredes propias y ajenas, se enfrasca en un intercambio de palabras sin pronunciar, de las que aprovechan cualquier gota de saliva ahorrada, para lubricar sus lenguas.

Con la tenue luz de una lámpara para leer, sentados en un sofá de escuetas medidas, donde les sobra espacio, dadas sus ansias de aprender, como son  la textura y firmeza de sus labios.

Están situados frente a un amplio ventanal, asomado a uno de esos patios interiores de manzana urbanística, donde apenas asoma una luna tímida, y algunas, muy pocas, ventanas aún iluminadas.

Las plantas del patio se apartan ante una sombra, que intenta de forma discreta, asomarse lo más posible, marcándose los barrotes de la verja en la cara, desde otro patio, para ver que hacen esos cuerpos tan cercanos, tenuamente iluminados bajo una lámpara de lectura.

Dado que evidentemente están por debajo del nivel de la ventana, no le queda otro remedio que ganar altura, para lo cual, la sigilosa sombra se encarama sobre una maceta de su patio, donde un generoso ficus goza de un amplio y alto lugar propio, justo al lado de un rosal con muchos años de servicio, engalanando su territorio.

Con ello consigue poder ver un momento interesante, de la conversación silenciosa que se mantiene al otro lado de la ventana, ese en el que una parte desabrocha la blusa de la otra.

Ante el interés por el lenguaje corporal, no atiende a las leyes básicas de mantener un mínimo de tres puntos de apoyo, para mantener el equilibrio en una superficie irregular.

Lo que le hace tambalearse, justo por oír a su amante esposa, recordarle que ya tiene la leche caliente a punto, para antes de irse  a dormir, y que no se entretenga pues se enfría, y que deje las plantas del patio para la mañana.

En su afán de no caerse por el susto y agarrase a algo estable, aprieta con fuerza uno de los barrotes de la verja, exactamente la que tiene enlazada un rama del esplendido rosal, con todas sus espinas puestas y armadas.

Justo cuando parecía que la parte con el pecho al aire, empezaba a desabrochar los pantalones de su contrincante.

En su agudo dolor, al tener más de una espina clavada, su peculiar equilibrio se desvanece y el borde donde tiene los pies cede, provocando su caída, con un estruendo considerable, despertando a uno de los gatos que estaba tranquilamente reposando sobre una de sus tumbonas.

A su grito de dolor, se le suma entonces el maullido del gato, al cual se le añade los ladridos de un perro de dos patios más allá y el gato de la vecina del otro lado, más la apertura de la ventana de los actores aficionados sin saberlo y la de su mujer exclamando con su aguda e histérica voz, que está haciendo con: Su rosal.

El voyeur descubierto, con su batín a rayas, calcetines blancos, pijama con dibujos marineros, dolorido en el suelo, mira desconcertado a su esposa y a sus vecinos que muertos de risa optan por cerrar la ventana.

La estampa de la mujer, con los rulos puestos y armada con una escoba, viendo con cara de pocos amigos, el cuerpo yacente de su esposo en el suelo, entre el estropicio de una maceta rota y otra volcada, quedando el rosal con las raíces al aire y sus flores cómo un crucificado, agarradas a la valla separadora de los patios vecinales, era todo un poema de declaración de guerra civil.


Sarrià, 8 Marzo 2017.



viernes, 3 de marzo de 2017

La gran solución


Ternura de @rita_erre



La reunión, en una de las salas menos usadas del Ministerio y alejada de todo centro de circulación del personal, en pleno sábado. ¡Un sábado en un ministerio! Auguraba algo extraordinario.

El jefe de gabinete, del ministro responsable de la cuestión tan preocupante de las pensiones, ha convocado a todos los que forman parte del entorno duro de decisión en el ministerio, cargos puramente honorarios también, por corresponsabilidad en un tema delicado.

- Señores: "Tenemos que hacer algo". 

Me dice el ministro que no se puede ir ocultando la realidad, el fondo de pensiones está en las últimas.

Hay que empezar a pensar en soluciones draconianas, que sean de fácil asimilación por nuestro querido pueblo.

Es por ello que les he convocado aquí, para qué de una forma rápida, encuentren una fórmula que nos permita salir del paso, y así justificar el elevado pecunio del cual disfrutan.

¿Alguna sugerencia? Así de momento, para justificar lo que se puede llegar a hacer de forma rápida.

La cara de asombro de los asesores y altos cargos del ministerio de la cosa del trabajo y las pensiones, era mayúscula.

Sentados en sus mullidos asientos de piel noble, de becerro bien alimentado, ponían cara de no saber que decir, ante algo que era inevitable: La quiebra del sistema.

El Excmo. Sr. Ministro, no ponía cara de amistad eterna, le había llamado a capítulo, el presidente de gobierno, en una de las contadas ocasiones en qué había decidido sondear la realidad social del país, en vez de seguir el apasionante campeonato de la liga de fútbol profesional.

Con lo cual, inmediatamente hizo venir a su segundo para que tomara cartas en el asunto y ahí estaban ahora, aguantando el chaparrón.

Ante la mirada inquisitiva y amenazadora, los supuestos ponentes de un plan milagro, compungidos y mirándose entre ellos, esperando que alguien se lanzase a la piscina, hablando con decisión y sentido común,  sacándoles las castañas del fuego.

En la sala, llena de humo, pues nadie está para cumplir con las normativas antitabaco, en una reunión de alto nivel, tampoco hay quién pueda tomar nota de lo que se dice.

Es una junta importante, en donde se pretende entrar en materia enseguida y no se tienen en cuenta los protocolos que lo complican todo, así que hay la tranquilidad de saberse no espiados, nada de taquígrafos, ni secretarias, ni aparatos grabadores.

En esto, el asesor del secretario del subsecretario, se acerca desde la silla pegada a la pared en la que se halla, eleva una mano, para hacerse ver y así poder decir algo frente al presidente de la ovalada mesa, en la que están los convocados, de caoba por cierto.

-         Dado que alargar la vida laboral, no se puede contemplar, se puede acortar la vida de los pensionistas.

-         ¿Está diciendo qué nos carguemos a nuestros más fieles votantes?

-         No exactamente. Más bien que sean ellos los que se vayan dividiendo y auto eliminando.

-         Explíquese joven.

-         Es cuestión de promocionar actividades que les acorten la vida por un lado y fomentar el egoísmo y la división entre ellos.

-         ¡Veamos!

-         Fomentar los  hábitos perniciosos en las comidas, por ejemplo. Rebajar las cifras del colesterol y medicar menos contra ello. Los únicos perjudicados serán algunos laboratorios de pacotilla que hacen genéricos, pero esos nos importan poco, y lo que en realidad interesa es un elevado número de defunciones a corto plazo.

-         Pero eso que dice es una barbaridad.

-         Sí.

-         ¿Entonces?

-         Sería útil para nuestros intereses. También hay que decirle a la población que el fondo es limitado y tiene un futuro incierto. Que se repartirá entre los jubilados que haya y qué si esta cifra baja, su participación se asegura y se incrementa. Ya se ocuparán ellos de irse eliminando con triquiñuelas varias.

-         ¿Y los turistas? Todas esas personas que vienen a jubilarse a disfrutar de nuestro sol.

-         A esos hay que mimarlos, sus pensiones las pagan otros y hacen mucho gasto. No entrarían en el tratamiento.

El clamor en la sala fue en aumento, a medida que aquel avispado joven, con ganas de hacer carrera, iba desgranando su teoría.

Los murmullos, sólo hacían que oponerse con la boca pequeña, pues en el fondo, todos sabían que si la gente solo viviera cuatro o cinco años, una vez jubilados, como al principio del sistema de pensiones, el problema no existiría.

-         Hay qué promover actividades de riesgo y mucho deporte, el abuso de ejercicio, también nos proporcionaría muchas crisis cardíacas. Eso sí, hay que retirar la implantación de desfibriladores masiva, pues eso frenaría nuestro éxito.

-         Alargar las listas de espera, dando prioridad absoluta a los jóvenes en edad productiva y que estén ejerciendo.

-         Dejarles conducir y no ponerles trabas en las revisiones médicas, pueden ocasionar accidentes, pero seguro que los más perjudicados serán ellos mismos.

La cosa se iba animando y las ideas surgían en cascada. Todos se veían capaces de añadir una animalada mayor, interesante para su proyecto de reducir el gasto de la hucha.

-         Pero ¿Y nuestros mayores? Todos tenemos padres y madres, no podemos desearles un fin próximo.

El joven, no se amilanó, rápidamente les rebatió:

-         No hay que permitir quitarles el privilegio, de hacer un último acto de servicio, por su Patria.


Sarrià, 3 Marzo 2017.


martes, 28 de febrero de 2017

Cirios, ruegos y velas





Imagen gentileza de M.Q.


Una tenue luz atravesaba las cristaleras, iluminando débilmente el banco lleno de velas que resplandecían en una de las capillas de la gran iglesia.

Es la que tiene más, pues es donde los feligreses tienen más confianza en ser atendidos en sus peticiones.

En ella se hallaba una anciana enlutada, que parece sacada de un álbum de fotos antiguas.

Tiene las rodillas desgastadas de tantas horas en el reclinatorio, esperando una señal divina de haber sido escuchados sus ruegos.

Pero pasaban las horas, días, meses, años y no obtenía respuesta a sus plegarias, lo cual no menguaba su inquebrantable fe, en saber que estaba haciendo lo correcto, acudiendo cada día  a depositar su cirio  rogativo.

El encargado de la venta de los cirios y exvotos a la entrada de la basílica, la saludaba por el nombre, dada la confianza establecida con el tiempo, largo ya, de acudir diariamente al recinto, previa compra en sus instalaciones bien surtidas al principio y algo decaídas últimamente.

Esperaba aguantar hasta su jubilación, vendiendo las estampas, rosarios, cirios y demás artilugios previstos para facilitar el rezo de los feligreses.

Ya estaban previstas las máquinas expendedoras y las velas sustituidas por luces, con duración predeterminada en función de las monedas depositadas.

El santo Cristo la miraba con una sonrisa sardónica o una dolorosa mueca de escepticismo, mientras reposaba inerte en brazos de su amantísima madre, que si sufría un rostro de dolor intenso e insuperable.

Allí, ante ellos, desgranaba todas sus peticiones, que siempre eran las mismas, pues nunca se cumplían, como esa carta a los reyes magos, en que pides lo imposible, por si suena la flauta y te lo traen.

Mientras, postrada ahí, formando parte del paisaje, fielmente retratada por fieles, turistas y devotos varios, el canónigo cargado de años en el cargo, la contemplaba con el mismo interés que miraría a una tabla de Berruguete.

Su estoicidad era admirada con indisimulada veneración por los visitantes, algunos de los cuales, los más osados o irreverentes, se instalaban a su lado, para hacerse unas fotos poniendo caras piadosas.

Se mantenía imperturbable ante todas estas muestras de simpleza educacional, pues no le alteraba para nada el comportamiento ajeno.

Con el aumento de las arrugas en su blanca tez, su despreocupación por el entorno se fue incrementando de forma notoria.

Así las cosas, llegó un día, como otro cualquiera, en que una niña se le acercó con cara curiosa y cariñosamente, le preguntó:

-        ¿Abu, estás bien?

La anciana figura, salió de su ensimismamiento, para, contemplándola desconcertada, decirle:

-        Sí cariño.

-        ¿Qué haces aquí tan quieta?
-        Rezo.

-        ¿Qué es rezo?

-        Rezar, es hablar con Dios.

-        Pues no te oigo decir nada.

-        Se hace en silencio.

-        Entonces no te oye.

-        Él lo oye todo, lee nuestros pensamientos.

-        ¡Anda ya!

-        Nadie lee los pensamientos, eso son trucos del circo.

La anciana, se la quedó mirando, se levantó y se fue.

La niña la vio partir, mientras soplaba las velas, para ver cuántas podía apagar de una vez, tal cómo le enseñaron el día de su cumpleaños.

Pidió un deseo:
Que nadie dejara de escuchar a la gente mayor.

Contemplaba la escena, mientras me limitaba a poner mi cirio, en beneficio de la pronta sanación de una persona conocida, tal cómo me habían pedido, los que la querían.



Sarrià, 28 Febrero 2017.