miércoles, 26 de abril de 2017

Llueve sobre la ciudad



Foto del autor


                                                                    Música 


Llueve sobre la ciudad.

La melancolía invade las aceras.

Todo brilla con la patina del agua caída.

Los paraguas cual setas de colores, decoran los paseos.

La gente camina apresurada, sorteando charcos.

Los niños los pisan para desespero  materno.

Un día gris no siempre entristece el ánimo, pero atrae la nostalgia.

Te quedas mirando tras la ventana, buscando dónde están  refugiados los pájaros.

Las terrazas de los bares están vacías, a pesar de los toldos, a nadie le apetece sentarse a la intemperie.

No hace frío, sólo un ligero fresco acompaña al agua que cae, incomoda pero como fuente de vida qué es, agradeces la primavera.

Vendrán días soleados, en los cuales añoraremos esa lluvia purificadora, que ahora juguetona y libre,
impregna todas las zonas donde la tierra aun es visible.

El resto corre por las calles, compitiendo con el tráfico rodado, por llegar cuanto antes a destino.

Tras sacudir el paraguas, los peatones entran apresurados a sus diversos lugares de refugio.

La lluvia no perdona, continua cayendo, variando en intensidad pero sin dejar de descargar esa agua que se adueña del pulso ciudadano, convirtiéndose en protagonista absoluta, de conversaciones vecinales e intercambios amables de palabras ascensoriles.

El viejo castillo, visto a lo lejos, luce sus piedras limpias, ante el embate del agua que no borra sus posibles culpas, cometidas no hace tanto como para ser perdonado.

La lluvia disimula las lágrimas de la última abuela con el corazón roto, siguen los desahucios, hijos sin empleo, nietos con hambre.

También, no todo va a ser tragedia, acompaña las lágrimas de felicidad, por la última prueba superada, la oposición que se resistía, la operación perfecta.

La lluvia nos envuelve a todos, nos acorrala y persigue, pero la necesitamos, sin ella no somos nada, no somos nadie.

Pero cuando salga el sol sonreiremos más.




Sarrià, 26 Abril 2017

lunes, 24 de abril de 2017

Camas Modernas

Cama articulada (Imagen de Internet) 



Doña Filomena, Filo para los más allegados, incluida familia, amigas varias y el párroco, era una mujer pragmática hasta la médula.

Cuando se murió su querido y soportado Amancio, decidió, visto lo visto, que a partir de ese momento ella decidía en todo lo concerniente a su vida y hacienda.

Dándose el gusto de cambiar la vieja cama de matrimonio por una de esas modernas, que te dan incluso masaje, suben y bajan a voluntad, ponen  pies y cabeza a desnivel y no te cantan nanas, por qué al de marketing no se le ha ocurrido preguntar en el estudio de mercado, por las necesidades reales de los usuarios.

Como era mujer ya entrada en años y por tanto también en carnes, optó por seguir con una cama de tamaño regio, con lo cual era dos plazas con mandos independientes, para que los ocupantes, pudieran estar a su antojo sin molestarse, es decir uno con la cabeza plana y los pies en alto, por aquello de la circulación y el compañero de cama al revés, pies abajo y cabeza bien erguida, para poder leer por ejemplo.

A Filo le parecía un invento fabuloso y disfrutaba jugando con el mando, ahora subo ahora bajo y ahora me masajeo.

Ni que decir tiene, que no había aprendido nada de la experiencia, con su difunto mediante, del uso y abuso de un colchón de agua, lo más de lo más en sus tiempos de alocados arrebatos juveniles, cuando tuvieron un buen reventón, que dio como resultado, una forzada renovación del suelo enmoquetado de su flamante habitación suite con baño incorporado.

Claro que había un pero, cómo no, todo en la vida lo tiene, sus compañeros ocasionales de cama, haberlos los había, pues a la vejez tampoco hay que ponerle más tristeza de la necesaria, se encontraban un tanto desubicados con tanta modernidad, y eso que alguno era más joven que ella.

Era capaz de poner música marchosa y darle al aparato, para que la cama, inteligente ella, los pusiera a tono, con unos cuantos meneos de irresistible dependencia.

Una pasada con la qué,  conseguía mantenerlos entregados a su voluntad, babeando como cachorrillos despertando a una nueva realidad festiva.

Cuando daba por finalizado el tratamiento personal, se limitaba  a poner todo plano y quieto, esperando que se dieran por aludidos, cuando con un toque perverso los descabalgaba de la horizontal postura, indicando que la fiesta había finalizado y era hora de recoger e irse por donde habían venido.

Siempre había el tipo cariñoso que buscaba darle un beso de buenas noches dándose de cara con la otra parte de la cama levantada. Quedando como una cosa muy ridícula para darle un ósculo.

El más patoso de todos era Rogelio, el carpintero que le había renovado la cocina, y había hecho grandes elogios de su lencería con puntillas tendida en el patio, que resulto ser una cortina del cuarto de invitados.

Pero la picardía hizo fortuna y fue perdonada tras un trasiego por la cocina, sala y habitación principal, con un final apoteósico, en el que a punto estuvo de perder su hombría, en un juego de sube y baja, del infernal aparato para descansar.

Eso no le evitó, pasar por la humillación de una despedida acorde con las costumbres de la maestresa, muy puesta en su lugar a la hora de indicar su poderío.



Sarrià, 23 Abril 2017.


viernes, 21 de abril de 2017

El relevo


Foto del autor



Empieza a caer el sol, el atardecer quita  luz y cambia perspectivas, lo que vemos no es lo que pasa.

A medida que las sombras ganan espacio, quedando las manchas de luz señaladas por las farolas, las diferencias parecen menores, las distancias se acortan.

La referencia que marca el primero de la serie, condiciona, guía y anima, a los perseguidores.

La adaptación al cambio de luz, no cae igual de bien a todos, hay quién se adapta mejor y sabe sacar partido de la falta de percepción, por parte del contrario, de donde están los límites de la pista.

Siempre he considerado más peligroso el cambio contrario, pasar de la noche al clarear del día, también el cansancio hace más mella y las distracciones son más recurrentes.

El ritmo de paso ha descendido, nada preocupante, entra dentro de lo normal, dadas las condiciones ambientales.

El OK reina en la pizarra, donde marcamos los tiempos realizados, de momento no nos preocupa las diferencias y sólo ponemos posición y tiempo consumido por vuelta.

Una ligera inclinación de cabeza, nos indica la conformidad  por parte del piloto de que sí, realmente todo esta OK.

Va pasando el tiempo, cuantificado en horas, minutos, segundos, décimas. La oscuridad ambiental es total, las motos dejan una estela coloreada al ser retratadas por los ávidos objetivos, deseosos de la foto original.

Los plataneros, farolas, bordillos, se esconden tras unas balas de paja, en los sitios más problemáticos, esos en los que una caída, puede ser muy peligrosa.

Eso se sabe, pero nadie piensa en ello en voz alta, vemos como se hunde la horquilla en la frenada y pensamos en que acelere rápido.

A pesar de que todos saben lo que han de hacer, siguen mi mirada por si hay algún cambio. Vienen momentos de tensión, en poco tiempo se producirá un aprovisionamiento, una carga de gasolina a la máxima presión, para reducir al mínimo la pérdida de tiempo en la parada, con cambio de pilotos incluido.

Ya han avisado del relevo, el piloto se acerca y mira los tiempos que tengo anotados y la posición en la que estamos. Le comento cuatro obviedades necesarias para tranquilizarlo.

Sabe que correrá de noche cerrada y hay que estar atentos a los despistes de los novatos, sobre todo en el cambio de rasante y en la bajada del Grec.

En un momento, la parte delantera del box, está saturada, mecánicos prestos para cualquier eventualidad, la gasolina es muy volátil y caprichosa.

Ya han dado aviso en pista, para entrar en la próxima vuelta. Todos expectantes a verlo aparecer y que vea bien la pizarra con las indicaciones pertinentes.

Asiente, inclina la cabeza dos veces, una mueca de satisfacción por el próximo descanso se dibuja en su cara.

En menos de dos minutos, el mundo, nuestro mundo, se volverá loco, entrará la maquina humeante, parará en el box, se bajará el piloto para dejar sitio a su relevo, pondrán combustible a tope, comprobaran desgaste de ruedas, tensado de cadena, limpiaran óptica y cúpula, estarán atentos a todos los sonidos procedentes del motor y luego, en menos de lo que  aquí se explica, saldrá a la pista para una nueva tanda de vueltas, una hora y media por delante, de incógnitas por desarrollar.

Los pilotos han tenido un brevísimo intercambio de palabras para advertirse del estado de la pista y desearse suerte. Se contagian el optimismo por estar bien situados en la tabla, la noche es larga y puede deparar muchas sorpresas. 

Veremos.

Los comisarios dan conformidad a la corrección de toda la operación.

El autor, 
en sus años mozos, 
crono en mano.



Barcelona, 21 Abril 2017.

jueves, 13 de abril de 2017

El Pescador




Caña de pescar (Imagen de Internet)






   El Pescador

 A veces pasa, por muy concentrado que estés, en una        actividad que has hecho cien mil veces, todas con la máxima  corrección, pericia, dedicación, e incluso interés, algo falla y  entonces, el día se tuerce, empiezas a perder más tiempo del  previsto  para algo rutinario, tu autoestima se hunde y  ya  nada quedará bien.

 Un acto nimio se convierte en una complicación, pasajera e  insustancial, pero que molesta, por ser un fallo propio, por  falta de atención. Por no estar lo suficientemente  concentrado  en lo que teníamos entre manos, literalmente.

Entonces has de ingeniártelas, para arreglar el   desaguisado  cometido con la máxima presteza, si puedes.

Así las cosas, miras de pasar desapercibido, mientras  intentas solventarlo con la máxima discreción posible, no  hay que airear los fallos propios.

Con lo cual adoptas comportamientos esquivos, más propios  de un agente secreto, en plan Anacleto, que los de un  sufrido páter familias.

Todo esto viene a cuento, porque en un acto tan banal,  como es el hecho de tender la colada, a nuestro héroe le  voló un calcetín, un planeo ligero y corto que le hizo  detenerse en un tendedero de dos pisos más abajo. Todo  por una falta de atención al poner la pinza, que si se sujetó a  la cuerda, pero sin retener nada, dado que hubo preferencia  en mirar la ventana de un baño, entreabierta por eso del  principio de los calores, para ver si se estaba duchando la  vecina jamona, muy dada a mostrar sus carnes sin pudor, de  lo cual ya se tenía referencia por la observación pausada y  detallada de su buena delantera. No fue el caso en esta  ocasión, pero el despiste, si llevó al volar de la prenda patio  abajo.

Bueno, no tendría importancia si se tratara solamente de  bajar y solicitar a los vecinos si son tan amables de recuperar  el calcetín caído. Pero no, no contesta nadie y además no  tiene pinta de que por allí pasase nadie a menudo.

Así que hay que optar por otra alternativa o perder la  prenda, que total tampoco hay para tanto, pero es uno de  esos gordotes, deportivos, de marca y de uno de los hijos,  seguro que lo echa a faltar, uno de los preferidos para llevar  en la cita molona.

-                  ¡Hola Papá!
-                  ¡Hola Hijo!
-               ¿Qué haces en la galería, con una caña de pescar?
-         Pues lo que se hace con una caña de pescar.      ¡Pescar!.
-                  ¡Ya! ¿Y se pesca mucho en el patio?
-                    No me distraigas.
-                     Con un poco de suerte, un calcetín Nike.
-                      Ya veo.
    ¡Clara! ¡Luis! ¡Papá está pescando  en el patio!
¡Venid! ¡Venid rápido!

A los gritos, antes de apuntarse los citados, absortos en sus pantallitas, se empiezan a abrir las ventanas colindantes, de las señoras vecinas en edad de no ver bien las pantallitas y ser más bien de distraerse de forma tradicional.

Unas chicas del piso de arriba, ocupado por estudiantes, se entretienen en cruzarse apuestas de si se va o no conseguir la pesca del calcetín mojado.

Cotiza más el que se caerá tras sólo conseguir moverlo de sitio; que el alzarlo hasta rescatarlo.  ¡Juventud con poca esperanza!

El anzuelo se balancea, mientras va a la caza y captura de su presa, hábilmente guiado por un pescador convencido de sus posibilidades, por escasas que puedan parecer.

Sortea hábilmente el tendedero intermedio, tras un tira y afloja con unos sostenes negros de la vampiresa del piso inferior, a la que sólo suelen ver por las noches, si salen a cenar fuera.

Superado ese trance, guiado por la plomada que mantiene el hilo tenso, se inicia un hábil movimiento de acercamiento por debajo, subiendo lentamente en anzuelo, sin mosca, para enganchar el calcetín, en ese momento nadie respira en el patio.

Una vez cogido, se renuevan las apuestas, esta vez ya entre distintas ventanas. Mientras abandona la seguridad de la cuerda.

Cara tensa, manos firmes, concentración en la mirada, lentitud en los movimientos, recogiendo el hilo dando vueltas con suma cautela a la manivela del carrete, a cada vuelta el calcetín asciende un poco, dando cómo una sacudida de ascensor antiguo.

El ascenso se prolonga en el tiempo y el interés se mantiene, hay espectáculos, que por lo diverso, atrapan.

Al fin llega a manos del ayudante que en vez de salabre usa las manos para apropiarse de la pieza, con el aplauso de la concurrencia, a la que muestra la prenda como una oreja obtenida en el ruedo.

Resuenan los aplausos por el patio interior, mientras un aroma de cocinas revueltas inunda el espacio. Llega la hora de comer y todos se retiran prestos a la llamada más importante del día.



Sarrià, 12 Abril 2017.


viernes, 7 de abril de 2017

Monasterio


Foto del autor


Órgano (Cómo funciona)

Tocata y fuga en Re menor de J.S. Bach
Interpretada por Karl Richter


Es media tarde, la luz ya se introduce levemente en la vieja iglesia, mientras suena insistente una nota, prolongada exageradamente, para extrañeza de las pocas personas presentes en el templo, admirando sus bellas líneas góticas.

Al padre Anselmo, apartado por su provecta edad, de las servidumbres del coro y de la cuestión musical en el monasterio, se le hacía interminable las tardes sin acción, a las que estaba últimamente digamos condenado, según su íntimo parecer.

Por ello no hacía más que pasearse por la iglesia y más concretamente por el órgano, para saber de su buen funcionamiento y de que estuviera en pleno estado de uso en todo momento.

Como sabían de sus manías, en la comunidad le dejaban hacer, sin ponerle más trabas de las necesarias, en sus paseos digamos de control, que nadie consideraba necesarios.

El órgano, un aparato que había visto pasar por su teclado, muchas generaciones de buenos instrumentistas, todos ellos totalmente reverentes en las formas de uso de tan magnífico instrumento, parecía sentir una debilidad por aquel penúltimo encargado de su cuidado, pues en los conciertos vespertinos, soltaba alguna nota desafinada, cruda y extremadamente aguda, para desconsuelo del teclista y llanto de nuestro viejo padre protagonista.

Así las cosas, el padre Anselmo, se sintió en la obligación de averiguar qué le pasaba al órgano y nadie en toda la congregación, se sintió autorizado para evitarlo, incluido el padre abad.

Lo bueno del caso es que en sus manos, las pruebas de sonido, seguían saliendo perfectas, con todo el esplendor y magnificencia que estos aparatos le dan a las partituras.

El padre estaba despistado, observaba cuando en las manos del joven nuevo instrumentista, sonaba el fallo e inmediatamente él repetía la pieza y nada, todo correcto, sonido perfecto.

Algunos miembros de la comunidad, presentes en el momento de las audiciones, se reían por lo bajo, a pesar de toda la respetabilidad que el lugar requería.

Con todo esto se hizo imprescindible, buscar, llamar y hacer venir, a un respetable experto en reparación, mantenimiento y restauración  de órganos antiguos.

Pues en el último funeral de un prohombre de la ciudad, en un momento sentimentalmente álgido de la interpretación en curso, el viejo aparato soltó una nota gallinácea, de corto vuelo y alto valor cómico, que hizo las delicias de los chicos del coro.

El padre Anselmo le explicaba con todo detalle, todas las peculiaridades del extraordinario órgano, al maestro Romualdo, venido expresamente de allende de las fronteras del país de nuestra querida basílica, anfitriona del sorprendente instrumento.

Tras un somero estudio, ocular y auditivo, el maestro no supo ver nada que pudiera ser causante del fallo, digamos esporádico.

Con lo cual se limitó a transmitirle al abad, la necesidad del desmontaje completo y revisión a fondo de todos los tubos, conexiones, palancas, pedales, botoneras…total muchos meses por delante y un precio elevado, demasiado elevado para la congregación.

Y más teniendo en cuenta que el fallo, cuando se producía, pues era sólo en determinadas ocasiones, tampoco afectaba a todo el instrumento, sino a algunos tubos de forma muy aleatoria.

Por todo ello el abad, tomó la decisión de antes de comprometerse en nada, en estudiar junto con las altas jerarquías de la orden,   ver las posibilidades de obtener alguna subvención oficial o bien una fuente de mecenazgo, para poder intervenir.

Todas estas cuestiones, parecían importar poco o nada, al que era el auténtico responsable del desaguisado, encariñado con el antiguo organista, al que no quería ver jubilado y por ello se entretenía en fastidiar las audiciones del nuevo intérprete.

Se limitaba a pasear con sus ojillos curiosos, relamiéndose sus finos bigotes, mirando de pasar totalmente desapercibido.

Lucas, se entretenía con su diminuto cuerpo cola incluida, en acortar el recorrido del sonoro viento, por determinados tubos de fácil acceso, cambiando la nota del mismo, a su entretenida voluntad.

Lucas era un veterano ratón del monasterio, que supo agradecer las muestras de cariño del viejo cascarrabias, que en vez de darle escobazos, le daba buenas piezas de queso, ya que al pobre viejo no le gustaba nada, por cierto.

Pero el hecho de que le desmontaran aquel laberinto de tubos sonoros, tampoco le hacía mucha gracia, sabía leer los semblantes de las personas; así que permitió una última audición, que fue correcta, del novato.



Barcelona, 7 Abril 2017.

martes, 4 de abril de 2017

Amigos Revival

Un finde de reencuentro


Fotos de I.C. y del Autor



Los años no pasan en balde; ya no es posible reunirnos los mismos.

Así y todo, a la llamada de invitación para el encuentro, la participación ha sido notablemente alta, casi al completo.





Había ganas de verse, compartir unas horas, un tiempo, una comida, y para la mayoría un finde completo.

En un lugar privilegiado, todavía respetado por el turismo de masas, puesto a nuestra disposición, por el que tuvo la suerte y la valentía, años ha, de apostar por este lugar, haciéndose un rincón, para vivir sus horas de asueto.





Azotados por un fuerte viento, caprichoso en la zona, ahora vengo, ahora no, al cual agradecemos, por limpiarnos de amenazadoras nubes, la nitidez de un inmenso cielo azul, para nuestro deleite.

Recorremos el lugar, dejándonos ante cada mirada, una porción de envidia sana, por tan maravilloso entorno.





Tranquilamente observo, casi cuarenta años me separan de la última vez que contemplé estos paisajes, en que a diferencia de otros parajes, de nuestra querida geografía, no lloro.

Evidentemente ha habido cambios, algunos sustanciales, pero en conjunto, respiras con ansias, al empaparte de la misma sensación de libertad, qué en aquella lejana época, ante un paisaje despejado de huellas, digamos humanas.




Que alguien ponga una casa a disposición, como antaño, para pasar unos días de noble camaradería, es muy de agradecer, en tiempos en que prima el egoísmo: "A mí, que no me molesten".

Ser anfitrión tiene sus molestias, pero también sus recompensas.




Rememorar canciones, contar viejos chistes, soltar animaladas totalmente incorrectas, no sentir vergüenza ajena. Todo ello y más, se dio cita en un par de días memorables.

Incluso para darle un toque retro, falló el agua caliente, así con una ducha destemplada, la sesera se activa más rápidamente.






Lo bueno de estar deambulando, por este camino que no sabemos dónde nos lleva, son las compañías que tienes en unas etapas, con algunas de las cuales te vas reencontrando, para satisfacción del caminante.


Así que no dejemos pasar estas alegrías que la vida en compañía nos depara; las amistades hay que irlas regando, con amores e ilusiones, con buenos momentos para afrontar luego los intensos, que de todo hay por el camino.






Tenemos una edad, hay que reconocerlo, que nos ha permitido tener un buen número de experiencias de todo tipo, algunas compartidas, otras no, y no siempre todo con todos o nada con ninguno.


Pero ello, nos hace ricos en cosas diferentes a los bienes materiales, lo que nos hace complementarnos e intercambiar de forma positiva.



Los centenarios olivos, serán fieles testigos de nuestro paso por estas tierras…



¡Brindo por todo ello y hasta la próxima!


Sarrià, 4 Abril 2017.


viernes, 31 de marzo de 2017

El último tren



Foto del autor


La mujer le sonrió, no fue una mueca, fue una sonrisa sincera que le costaría la vida.

El era de pocos amigos, ningún familiar y conocidos los justos.

Los amigos se fueron desentendiendo, a medida que se adentraba en una espiral perniciosa, consumo de sustancias perniciosas, dejadez en el trabajo, petición constante de ayudas y tras la enésima promesa de redención, seguir en su provecto pozo personal.

Así las cosas, que aquella noche, una joven y atractiva mujer, se dignara al alzar la mirada de su libro, del que iba tomando notas, a sonreírle, así sin más, le desconcertó.

Nada hacía presagiar que la muerte estaba rondando por ahí y se había sentado para observarlos, con interés profesional.

Al sentirse sorprendido, tardó unos segundos en reaccionar, los suficientes para que ella volviera la mirada a su lectura sin ver su reacción.

El se culpabilizo por estúpido, ni sabía el tiempo que alguien se había dignado a mirarle de forma amistosa y menos una atractiva fémina.

Empezó a hacer castillos en el aire, de lo que aquella sonrisa podía llegar a representar, como podía cambiar su vida, si por fin una mano amiga, estiraba de él hacia el lado bueno.

Allí con el traqueteo de aquel tren pura antigualla, era materialmente imposible poder hacer nada parecido a escribir, pero ella lo hacía y a él no le sorprendía.

Era el principio del fin, se estaba entregando sin resistencia, no importaba que no hubiera nadie más en aquel vagón, tan lógico a aquellas horas de la noche, él se sentía protagonista de la historia con la chica guapa del tren.

Ella seguía con sus anotaciones en aquella pequeña libreta, estaba claro que el libro era una fuente importante de datos informativos para lo que fuera que estaba haciendo.

Él miro con avidez aburrida, el pequeño aparato pasado de moda, carente de señal, desde que dejo de pagar la cuota, por hacer algo mínimamente interesante.

Ni se había fijado en el enorme tamaño de la bolsa de mano que se encontraba depositada a buen recaudo en el asiento contiguo de la hermosa mujer, con la correa bien sujeta a su muñeca.

Y por supuesto no podía sospechar lo que llevaba ni calcular el peso que podía tener, de haberlo podido saber, quizás hubiera tomado una sabia decisión.

Ella, ajena a todas las vagas elucubraciones de su casual compañero de viaje, seguía con su manual de anatomía y tomando las notas pertinentes de lo que necesitaba recordar.

Estudiar por libre, le dificultaba algunas cosas, como el acceso a  material de primera mano, en cuanto al estudio de la anatomía humana.

Pro ella no era de las que se dejaban amilanar por pequeñas dificultades.
Había descubierto que con una buena sonrisa se ganaban muchos cuerpos para su causa. Sobre todo por la noche y de los pobres diablos que sólo saben hacer tiempo en los trenes urbanos, para mantenerse calientes por más tiempo.

Mientras acariciaba con suavidad su bolsa, calculaba someramente, cuanto podía pesar el pobre diablo que tenía enfrente.

Lo que le molestaba de las muestras, así obtenidas en plan callejero, era que normalmente había que lavarlas a fondo, pues su estado dejaba mucho que desear.



Barcelona, 31 Marzo 2017.